NUNCA FUIMOS CIVILIZADXS
1. Nous n’avons jamais été modernes es un ensayo que publicó Bruno Latour en 1991. La idea detrás de la expresión “nunca fuimos modernos” es que la separación radical entre cultura y naturaleza que postuló la modernidad nunca funcionó de acuerdo a lo esperado. Ello principalmente porque la dicotomía que llevó a considerar al orden cultural y al orden natural como si se tratara de dos ontologías distintas es falsa. En los hechos, los modernos siguieron creando objetos híbridos habitados por esos dos órdenes supuestamente antagónicos.
2. Lo que aplica a la división entre cultura y naturaleza es pertinente también para considerar otras oposiciones como mismidad y otredad o civilización y barbarie. Quien se ubica, por ejemplo, en la posición de civilizadx considera ser poseedor de una condición ya adquirida, completa en sí misma, carente de etiquetas y, justamente por ello, con el poder de marcar a otrxs como no-civilizadxs. Hace tiempo que distintas ramas de la ciencia vienen cuestionando ese paradigma fundante de la modernidad por sus efectos perniciosos y por la capacidad que ostenta para reproducir distintas lógicas de dominación.
3. Sé poco y nada de futbol, pero haber nacido acá te hace entender el juego, del mismo modo que podría decir que puedo repetir el padrenuestro a pesar no haber practicado nunca ninguna religión. Lo que estuvo ocurriendo estas últimas semanas alrededor de la copa del mundo va mucho más allá del juego deportivo y a eso lo sabemos todxs. Que Trump, que Irán, que las hydration break, que Milei, que Palestina, que Las Malvinas y la mar en coche. Nada de eso refiere al juego en sí, sino a las batallas simbólicas (y no simbólicas) que tienen lugar a través de él. Es por esto, y por la curiosa campaña anti-argentina que se instaló en ese criadero de haters que son las redes, que escribo estas líneas. Confieso que el posteo de un conocido mexicano, muy de izquierda y latinoamericanista, alentando, nada más y nada menos, que a la selección española me convenció de que algo olía muy raro.
4. Leo por ahí que Argentina es un país racista y digo: ¡claro que lo es! ¿Quién puede ponerlo en duda? Y, al mismo tiempo, lo primero que me surge decirle a los que señalan con el dedo en alto es: ¡hagan fila! Veamos quién resiste el racistómetro. La colonialidad, ese patrón de poder asentado en la jerarquización racial, es un triste patrimonio de todxs. No hay nación que pueda quedar por fuera de su lógica maléfica, ni que sea capaz de resistirse a sus continuos efectos. La herida colonial es constitutiva de nuestras sociedades, negarlo sólo amplifica el problema y nos deja sin herramientas para abordarlo.
5. Resulta alucinante el nivel de simplificación con el que un tema tan sensible está siendo tratado. Que las metrópolis coloniales sean vistas como ejemplos de superación del racismo porque cuentan con jugadores negros en sus selecciones es desopilante, como también lo es señalar que la ausencia de afrodescendientes en la selección argentina indica lo contrario. Me hace acordar a las palabras de Rita Segato cuando dice que si la diversidad cultural se impone como un mandato termina siendo el reflejo de un multiculturalismo anodino y liberal, reproductor del status quo y desconocedor de las líneas de fractura básicas que en cada estado-nación compusieron sus formas de alteridad. El modo en que se construyen las otredades es propio de cada lugar y no puede comprenderse por fuera de su historia.
6. Es parte de la dinámica colonial, y no al revés, que los países centrales se muestren abiertos a la diversidad cultural. Usan una máscara cosmopolita mientras profundizan políticas anti-migrantes y crece la lista de fallecidxs y desaparecidxs en las aguas del Mediterráneo. Era Trouillot —un gran antropólogo haitiano— quien llamaba la atención sobre el “elogio a la otredad” y el peligro contenido en este, ya que en dicha operación se juega más la posición de quien elogia que la del elogiadx. Esto es, se produce la exaltación del otrx, como si todxs lxs otrxs fueran lo mismo, borrando su especificidad histórica, lo cual siempre conviene al indiferenciadx. El sujetx no-marcadx (podríamos decir el civilizadx) tiene el poder para definir la alteridad, para decidir cómo se supera y para decretar que ha sido derrotada. Cuentan con jugadores negros en sus planteles, qué geniales.
7. Nos dan cátedra de moral y civilización, de fair play, de buenos modales. No pierden la oportunidad de destacar nuestro carácter agresivo, nuestra conducta inapropiada, nuestro desapego a las formas y hasta nuestra condición de delincuentes. La analogía con la imagen de una Europa civilizada, frente a un otrx no-civilizado, es tan clara y cristalina que encandila, tal vez por eso no se deje ver. Porque, claro, no son ni fueron ellxs los responsables de una violencia sin fin que se ejerció y se ejerce sobre nuestros territorios y nuestros cuerpos.
8. Pretenden reducir la identidad de un país entero a un estereotipo dictaminado por la figura de un presidente sionista, racista, misógino y cruel. Milei es una contingencia en nuestra historia. Una contingencia sumamente trágica y que obedece a una compleja red de motivos que día a día intentamos desentrañar. No nos define. Tampoco define a ningún otro pueblo la larga estela de rufianes que los han gobernado. Nadie, y la realidad lo está demostrando una y otra y otra vez, está libre de tener a su Milei.
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Amo a esta tierra como pocas cosas. Sus claroscuros, sus grises, sus colores y sombras. Me duelen cada una de las heridas que cargamos, porque sé que son muchas y no las resuelve ningún mundial. De toda esa inmensa complejidad que somos, una de las características que más me enorgullecen es esa irreverencia, esa alegría plebeya, esa picardía, esa desfachatez para ir por la vida cantando las cuarenta, esa resistencia que se expresa en detalles infinitesimales y en gestos grandiosos. Por suerte nunca fuimos civilizadxs. Agradezco este momento porque me puso en el primer plano toda esa belleza.
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