¿ES SOLO UN PARTIDO DE FÚTBOL?

La pasión por el fútbol le habla al inconsciente de una forma directa. Va a las primeras huellas de afecto, a los vínculos con quienes nos sostuvieron cuando todavía no había palabras. Produce una regresión hacia lo más profundo: el placer, el deseo, la pertenencia y la destrucción.

“El opio de los pueblos”, sentenció alguna vez la izquierda ilustrada, tomando prestada la fórmula de Marx. Galeano le contestó que no: que el fútbol era fiesta, belleza jugada con los pies, patrimonio de los que menos tienen. Quizás ambos tenían algo de razón. El fútbol es, muchas veces, un refugio frente a una realidad que golpea y que pocas veces concede tregua para la felicidad. Depositamos en once jugadores toda una historia de derrotas, frustraciones y malas decisiones. Y si a eso le sumamos la magia inexplicable de Messi, ese brujo perfecto que parece venir a remendar nuestras grietas, la mezcla es, como mínimo, explosiva.

El fenómeno es tan evidente como difícil de explicar: una pasión que enceguece y que, después de una derrota, nos hace sentir que no existe el mañana.

Y ahora Inglaterra.

Para quienes tenemos algunos años, la palabra no remite solo a un rival. Las canciones nunca son inocentes: guardan memoria.

Sin razón, o con demasiadas, buscamos vengar, simbólicamente, a más de seiscientas vidas perdidas en una guerra atravesada por la crueldad, la improvisación y la irresponsabilidad de una dictadura que, paradójicamente, algunos reivindican después. Así somos: una contradicción que gira, caprichosa, como una pelota.

Entonces aparecen los más racionales a pedir que seamos argentinos también a la hora de votar, de comprometernos o de construir un país mejor. Y tienen razón. Pero ese discurso fracasa porque intenta responder con argumentos a un territorio donde los argumentos no gobiernan. Ahí no mandan las ideas: mandan la pulsión, el deseo, la identificación, la libido.

Eso es el fútbol.

Eso es Inglaterra en cada canción.

Eso es Maradona.

Porque en la mano de Dios no sólo viajaba una picardía. También viajaban las joyas que las abuelas perdieron, las madres que nunca volvieron a abrazar a sus hijos, los chicos que crecieron con hambre, los soldados que regresaron rotos (cuando regresaron) y toda la violencia que un país todavía intenta elaborar. Nada de eso estaba realmente en esa cancha. Y sin embargo estaba todo.

Es profundamente injusto cargar semejante historia sobre once futbolistas que no tuvieron nada que ver con ella.

Pero el fútbol nunca prometió ser justo.

El fútbol no repara la historia. No devuelve a los muertos. No borra las derrotas de un país. Apenas nos presta, durante noventa minutos, la ilusión de que todavía podemos ganar algo.

Y quizás por eso seguimos mirando. Porque, de vez en cuando, aparece alguien como Maradona o Messi, toma una pelota y nos recuerda que incluso un pueblo lleno de cicatrices todavía puede permitirse creer en un milagro.

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