IA: ¿QUÉ NOS CABE HACER?
La automatización, desde su expansión a partir del siglo XIX con la Revolución Industrial, no sólo reconfiguró los modos de producción y los espacios que habitamos. También interpeló el ego de nuestra especie y el sentido de las acciones humanas: “¿con qué objeto si una máquina lo puede hacer más rápido y mejor que yo?”. Este interrogante se agiganta desde que gran parte de la población mundial puede recurrir—en todo momento y sin el menor esfuerzo—a lo que hasta el momento constituye la expresión maximal de las tecnologías de automatización: la inteligencia artificial (IA).
El Espíritu de la Revolución Científica
Si bien existen hermosos antecedentes en la Antigua Grecia, fue en la modernidad temprana—siglo XVII—cuando se concibió una ciencia de las máquinas. Coincidió con un ascenso de las matemáticas al primer puesto del podio de las ciencias. Éstas encabezaron la creación de nuevas metodologías para la investigación del mundo circundante: un mundo que desde la aceptación del sistema planetario de Copérnico necesitaba sustituir la física de Aristóteles por una nueva ciencia de la naturaleza que explicara el comportamiento de los cuerpos en un planeta en translación perpetua en torno al sol. La ciencia que combatieron modernos como Bacon, Descartes, Galileo, Boyle, Torricelli y tantos más, se apoyaba en un método llamado lógica silogística. Este método, creado por Aristóteles, había sido por siglos el principal instrumento de la razón humana. Mediante la aplicación de reglas estrictas, el método de Aristóteles permitía deducir, a partir de premisas, una conclusión de carácter necesario. Quienes dominaban las reglas de la silogística aristotélica exhibían una enorme habilidad para la argumentación, para ordenar y organizar el conocimiento, y para extraer conclusiones a partir de lo ya conocido. Pero el método silogístico poco podía hacer en relación con la investigación de nuevos problemas.
Hágalo Usted Mismo
Puede resultar paradójico que el mismo período histórico que sentó las bases de la Revolución Industrial, y con ello, las de una cultura profusa de la automatización maquínica, al mismo tiempo haya promovido a través de algunas de sus más emblemáticas personalidades el método del análisis. ¿Paradójico por qué? ¿Cómo entendían el análisis los filósofos naturales de la modernidad?
A diferencia de la silogística aristotélica, que era un método de composición o síntesis, el método del análisis era un método de resolución de problemas. El punto de partida, entonces, no eran premisas aceptadas como verdaderas sino un enunciado problemático sobre el que era preciso descubrir las condiciones que permitan su resolución a enunciados simples y evidentes—primitivos—para el intelecto. Para descomponer un enunciado problemático dado, y reducirlo a enunciados primitivos, no existía un conjunto de reglas fijas como en el caso de la silogística. Por el contrario, el análisis exigía actos propios de una mente atenta, concentrada sobre el objeto de estudio, e involucrada más con el proceso que con el resultado.
Ahora bien, en la modernidad temprana ya era concebible una máquina capaz de extraer conclusiones a partir de datos de partida—números o enunciados lógicos—mediante la aplicación de reglas combinatorias prefijadas. Sin embargo, no era concebible una máquina que pudiera llevar a cabo el proceso del análisis puesto que la búsqueda de condiciones de resolución de un problema supone un aspecto irreducible a reglas mecánicas: la experiencia misma del investigador. Decía René Descartes:
Nunca llegaremos a ser matemáticos, por mucho que sepamos de memoria todas las demostraciones de otros, a no ser que también nuestro espíritu sea capaz de resolver por sí mismo cualquier problema. (Reglas para la dirección del espíritu. Regla III, 73)
En consonancia con Descartes, unas décadas más tarde el matemático y filósofo Gottfreid Wilhelm Leibniz—considerado hoy como uno de los fundadores de las ciencias de la computación—afirmaba:
Emplear (…) teoremas ya descubiertos es propio de un arte menos valioso que poder proporcionar todas las cosas por uno mismo, practicando el análisis en particular cuando no siempre recordamos o tenemos a mano los descubrimientos propios o de otros. (GP VII. “Sobre la síntesis y el análisis universal”. En: De Olaso, 231)
Si bien muchos de los problemas que debían enfrentar ya habían sido resueltos, lo más importante para el cultivo del arte de razonar consistía en la vivencia del proceso que conduce a la resolución de un problema:
La verdadera enseñanza del método [no es] tanto la búsqueda de la verdad, sino más bien la de una forma de vida. (Leibniz, “Sobre el arte del descubrimiento”)
En base a lo dicho, podemos conjeturar que el espíritu de la revolución científica, aquella que hizo posible la Revolución Industrial, no consistió tanto en la consecución de nuevos descubrimientos como en el reconocimiento y desarrollo de las capacidades que permiten a las personas investigar y resolver problemas por ellas mismas—sean estos problemas nuevos o ya resueltos.
La Técnica, los Filósofos y el Fin de los Tiempos
La magnitud de los productos de la técnica durante la Revolución Industrial, y las alteraciones que provocaron sobre el planeta y sobre las sociedades a escala global, puso a la filosofía a reflexionar sobre la tecnología, el tipo de relación que entablamos con las máquinas, y el alcance y dirección del desarrollo técnico.
En sus reflexiones sobre la técnica, Gilbert Simondon sostuvo que por cultura debemos entender “la crianza del hombre por parte del hombre”, y dado que la tecnicidad es inherente a la noción misma de crianza, debemos disolver la oposición que a lo largo de la historia se sostuvo entre los valores de la cultura y los esquemas de la tecnicidad:
Sería más justo entonces no utilizar el término técnica para oponerlo al término cultura: ambas son actividades de manipulación, y por lo tanto, son técnicas. (Simondon, G. (1965), “Cultura y técnica”. En: Amar a las máquinas. Ed. Prometeo. p. 22)
De la disolución de esta oposición entre cultura y técnica se sigue la idea, casi como un corolario, de que los productos de la técnica están cargados de los valores de la cultura. Esto quizás no es evidente cuando de técnicas de pequeña escala se trata. Pero frente a un cambio tecnológico de magnitud—como el que para Simondon significó la Revolución Industrial—se configuran nuevas relaciones del hombre con el medio. Respecto de este punto Simondon habla de “un gran gesto autonormativo que tiene un sentido evolutivo (…) que modifica la relación de la especie humana con el medio”. (Ibid., p. 27) Las técnicas dejan de ser meros medios utilitarios e inician una “transformación del medio que a su vez repercutirá en las especies vivientes de las cuales el hombre forma parte” creando un “peligro de desadaptación” que trastoca la cultura, y lo que entendemos por tal, pero que a su vez puede aumentar las chances de evolución de la especie.
En línea con Simondon, Langdon Winner sostuvo que ciertos tipos de tecnologías requieren que los medios sociales se estructuren de determinada manera “al igual que un coche necesita ruedas para moverse”. (Winner, 1983, p. 6)
Llevando al extremo los planteos de Simondon y Winner, sin atribuirles mis palabras y sólo a los fines de hacer patente la dirección de estas ideas, daré cierre a este apartado con una imagen desprovista de toda originalidad: lxs humanxs somos un producto de la tecnología—y no al revés.
Qué Nos Cabe Hacer?
Si damos crédito a estas ideas de Simondon, y aceptamos—mutatis mutandis—que el fenómeno de la IA es comparable con el de la Revolución Industrial de la Europa del siglo XIX, debemos concluir que la IA está transformando el contenido mismo de lo que entendemos por cultura, cambiando la relación de nuestra especie con el medio viviente y abriendo el juego a un proceso de evolución cultural—so riesgo de extinción de nuestra especie.
Ahora bien, si pensamos la IA como una suerte de colosal máquina combinatoria capaz de procesar una cantidad inconmensurable de datos—una máquina aristotélica del siglo XXI—, bien podríamos adoptar una “moral provisional moderna” y enfrentar estas transformaciones con el mismo espíritu de nuestros antepasados de la revolución científica del siglo XVII: apostando por el cultivo del espíritu antes que por la obtención resultados inmediatos; procurando desentrañar los misterios por nosotrxs mismxs; resolviendo problemas, la mayor de las veces resueltos por generaciones pasadas y ya disponibles en la Web; confiando en la riqueza y fecundidad del proceso. Tal actitud de ninguna manera implica la adopción de posiciones tecnofóbicas—personalmente, el ensamble humanx-IA me resulta tan inquietante como atractivo. Se trata, antes bien, de recordar que la curiosidad y la perseverancia necesarias para desencadenar el proceso de conocimiento constituyen aspectos irreducibles a reglas mecánicas; curiosidad y perseverancia que, entre tantas otras cosas, hizo posible el paisaje tecnológico que hoy tanto nos ocupa.
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