EUROFOBIA

Ya a mediados de 2015 se podía ver por la Florida´s Turnpike la siguiente pseudo-estadística: de cada diez vehículos que circulaban por la autopista, cuatro eran japoneses, tres eran americanos, dos europeos (alemanes) y uno era chino. Esta aproximación estocástica (que no por carente de metodología científica dejaba de ser reveladora), avizoraba lo que vino después. Más aún, buena parte del fenómeno Trump se explica a partir de esta simple observación.

El problema empezó hace casi 80 años, cuando el final de la Segunda Guerra Mundial le otorgó a los Estado Unidos de América la investidura de “vigía de occidente”. Sí, eran épocas más simples! Los ejes de poder eran fácilmente identificables y sus bravatas, amén de las guerras franquiciadas de rigor que mantenían calientes las maquinarias bélicas y las luces de los grandes sets de Hollywood, nunca pasaron de acariciar los botones rojos sin llegar a apretarlos. En ese período, los planes Marshall y Dodge reactivaron las economías de Europa y Japón seguramente más allá de lo que sus mentores hubieran preferido. Mientras USA y la URSS jugaban a medirse el miembro, en el viejo mundo y en el extremo oriente jugaban a fabricar cosas. Cada vez mejores cosas, más lindas y más baratas, con el dinero de los planes de rescate. El mundo de la postguerra era un lugar próspero (al menos para el cuadrante superior del bloque occidental). La clase media se multiplicaba como un cultivo de bacterias y el “Estado de bienestar” alcanzaba a la mayor parte de la población. Pero un día llegaron los ’70, la “crisis del petróleo”, los fracasos de Vietnam y Corea, la inflación, la deuda impagable y un montón de otras calamidades que significaron el punto de inflexión del crecimiento económico de la potencia hegemónica. A partir de ahí el descenso fue casi imperceptible, aunque inevitable. Para la primera década del nuevo milenio Estados Unidos crujía como una mecedora vieja a instancias de cientos y cientos de fábricas que abandonaban su lugar de origen para instalarse en el sudeste asiático. Con ellas se fueron también los índices de empleo y el “sueño americano”, al tiempo que oleadas de migrantes, el escándalo Wikileaks, la crisis de las Subprimes, el ObamaCare, el wokismo, las redes sociales y demás plagas amenazaban con desfibrilar el corazón aletargado de su cultura blanca, capitalista y anglosajona. 

 

ACASO UNA CAMPAÑA PUBLICITARIA

No podemos decir que no hubieron advertencias. Señales sobraron. Y no estoy hablando de señales tan obvias como dos aviones entrando sin permiso a los dos edificios más emblemáticos de Nueva York. No. Hablo de señales más sutiles y casi inaudibles, como el pálido eco de una galaxia muy lejana. 

En la ya mítica tanda del entretiempo del SuperBowl del 2011 Chrysler Motors Company estrenó un par de comerciales que decían mucho sobre la situación económica de USA a fines de la primera década del nuevo milenio (invito al lector a remitirse a la plataforma YouTube para verlos: https://www.youtube.com/watch?v=aNzlkrVQfMM y https://www.youtube.com/watch?v=4L6mv0x6OD4). El primero estaba protagonizado por el blanquito de Eminem y el segundo por el durito de Clint Eastwood. Ambos tenían el mismo eje conceptual: un grito de auxilio, acaso solapado en un conveniente discurso de sentido de pertenencia, para la ciudad (ahora en ruinas) que durante todo el siglo XX fue la nave insignia de la industria automotriz norteamericana: Detroit.

Las imágenes navegaban por una metrópolis pletórica de rostros adustos que buscaban respuestas al tiempo que las voces nos hablaban de una épica perdida que había que recuperar. Por primera vez, un auto americano no se vendía por su eficiencia sino para recuperar el espíritu industrial norteamericano. ¡Daban tanta lástima que uno sentía el irrefrenable impulso de hacer una vaquita para ayudarlos!

Detroit le duele al estadounidense medio, quizás más que el 9/11, o Vietnam. Detroit es el emblema decadente de cómo puede colapsar un imperio por la propia impericia (o indolencia) de sus gobernantes. Es cierto que Ray Dalio tendría una explicación más suculenta sobre los auges y caídas de los imperios a partir de los procesos económicos de crecimiento, crédito e inflación, pero seguramente no lograría convencer a ningún obrero desempleado de cualquiera de esas terminales automotrices.

Pero entendámonos bien. No es que Estados Unidos se haya vuelto pobre. Wall Street aún sigue manejando buena parte de los capitales del mundo. Estados Unidos sufrió el mismo proceso de desindustrialización que sufrió el resto del mundo, excepto China y algunos otros países de ojos rasgados. La diferencia es que mientras los demás países no pueden hacer nada al respecto, USA no se lo puede permitir.

 

…Y UN DÍA LLEGÓ TRUMP

Jamás sabremos si Trump se inspiró en los anuncios de Chrysler o si ya venía pergeñando su narrativa mucho antes, pero lo cierto es que fue quizás el único que supo leer con precisión quirúrgica las demandas de los habitantes de las otrora regiones productivas estadounidenses.

Ya en su primera presidencia entendió con minuciosidad el problema, aunque también entendió que resolverlo era una tarea extremadamente ardua. Era romper los paradigmas políticos existentes. Era ir a contrapelo de la historia. La retórica del MAGA (Make America Great Again) encierra todo el contenido en su enunciado. No hay segundas lectura, no hay metamensajes. El significante es su significado y lo puede entender hasta el granjero más rudimentario de Wisconsin, porque él, en su memoria, atesora recuerdos de tiempos mejores. No propone ir a un estadio superador, o dar un paso evolutivo o una promesa de desarrollo. Propone simplemente volver a esos buenos viejos tiempos.

¿Pero qué tiempos eran exactamente aquellos? Indudablemente los tiempos de la “Guerra fría”, los tiempos del “Estado de bienestar”. Los tiempos en los que los norteamericanos crearon la “sociedad de consumo” y la exportaron a todo el planeta. Los tiempos en los que los productos que manufacturaban eran apreciados en todos los países porque venían con el certificado de garantía de haber puesto un ñato en la Luna. Los tiempos en donde todos eran rubios y pertenecían a familias tipo “bien constituidas”. Los tiempos donde el futuro de la generación estaba asegurado a partir de una moneda fuerte, baja inflación y crédito blando. ¿Quién no querría volver a esos tiempos?

Pero Trump sabe bien que ese viaje retrógrado en el tiempo no es solo una cuestión de voluntad. Ni siquiera de la voluntad colectiva. Sabe que su escenario ideal se ha degradado tanto que requiere de medidas extremas.

Aunque él es un hombre extremo.

 

NO ODIAMOS LO SUFICIENTE A EUROPA

Parafraseando al presidente argentino, quedó claro desde el principio que para lograr su objetivo Trump debía tejer una nueva telaraña de alianzas y encontrar nuevos enemigos que le insuflaran mística a su narrativa. Dicen los eruditos en geopolítica que “Estados Unidos no tiene amigos permanentes, solo intereses permanentes”. En lo personal, reemplazaría la palabra “permanentes” por “circunstanciales”. En alguna época fueron los soviéticos, en otra los norcoreanos, en otra los musulmanes, inclusive alguna vez la ligaron los serbios. Esta vez parece que le llegó la hora a Europa. 

En un comunicado que publicó días atrás la Casa Blanca con motivo del 250mo. aniversario de la doctrina Monroe, Donald Trump arremete contra el viejo continente como si todos los protocolos de la diplomacia internacional fueran el papel toilette del baño del salón oval, en lo que se ha dado en llamar la Doctrina Monroe-Corolario Trump, o directamente Doctrina Donroe. No explicaremos aquí la Doctrina Monroe y sus enjabonadas interpretaciones ni entraremos en los detalles de la letra chica del documento emitido por la Casa Blanca. Apenas intentaremos hurgar dentro de la alucinada y espeluznante cabecita anaranjada del presidente de USA.

A juzgar por su accionar y sus medidas, es evidente que Trump no es de los que utiliza las palabras DEMOCRACIA y DESARROLLO en la misma oración. Sin lugar a dudas, para Trump la democracia es un trastorno, un palo en la rueda, un obcecado sabañón que se resiste a curarse y no lo deja caminar hacia sus objetivos. Si pudiera elegir, preferiría ser Putin. Sin oposición, sin demócratas y siempre con un cuenco de veneno en el bolsillo. Pero USA no es la Federación Rusa, aunque los líderes actuales de ambas potencias tienen más en común de lo que creemos. El viejo agente Vladimir Putin también es un imperialista. Luego de una infancia presidencial signada por el armado de su andamiaje de poder, este segundo período (hoy transita la segunda presidencia de su segundo período) se concentra en devolverle a Rusia su gloria imperial. No queda claro si esa gloria refiere a la era pre-revolucionaria o post-revolucionaria, pero sin duda Putin es un líder motivado que hará todo lo que tenga que hacer para devolverle a la madre patria aquellas provincias (repúblicas) díscolas que perdió allá por los ’90. Un Make Russia Great Again, sin lugar a dudas.

A estas alturas, nadie tiene pruebas y nadie tiene dudas de que Putin operó en favor de Trump en las elecciones de 2016 con algo más que meras declaraciones, lo que le valió algún tipo de gratitud por parte del presidente zanahoria. Más allá de eso, Trump admira a Putin y Putin admira a Putin. Pero Trump sabe que para frenar el colapso de su imperio es necesario volver a crear un mundo bipolar, terminar con la globalización neoliberal, que tanto daño le ha hecho a la industria americana, y resetear el tablero geopolítico desde un status previo a la caída del Muro de Berlín. También sabe que el mundo ha cambiado desde esa época y hoy existen nuevos (e importantes) actores en escena.

Principalmente China que, en sintonía con la sonrisa de Gioconda del presidente Xi, satura el mercado internacional con miles de millares de productos subvaluados mientras se arma, soto voce, hasta los dientes.

Entonces, ¿qué papel juega Europa en esta diatriba de amor/odio entre Trump y Putin? Trump mira a Europa con desprecio, Putin con gula.

Para Trump, Europa es la antítesis del espíritu americano. Un montón de burócratas pseudo-socialistas, que no dudan en dudar sobre su problemática migratoria, que, con ademanes educados y consignas bienpensantes, hablan de derechos humanos y cuidado del medio ambiente desde la seguridad territorial que les ofrecen los sistemas de defensa americanos y a los que no les tiembla el pulso a la hora de firmar tratados comerciales con oriente, en detrimento de los productos yanquis. Así como Trump le recuerda a Zelenski la cantidad de millones de dólares que significó el apoyo a Ucrania, también recuerda que las aguas de las playas de Normandía aún están mezcladas con sangre de marines derramada para rescatar a Europa de las garras de Hitler. Trump ve a los dirigentes europeos como un concilio de petulantes desagradecidos que lo critican y se mofan de él, y que cuando Rusia asoma la cabeza por encima de la medianera de su patio trasero inmediatamente reclaman a voz quebrada la asistencia de la OTAN.

Ya en su primera gestión Trump daba muestras de fastidio amenazando con abandonar la Organización del Tratado del Atlántico Norte si los países europeos no aumentaban su cuota (USA aporta el 66% de los fondos, mientras que en promedio los países europeos aportan el 2%). A partir de la renuencia de los europeos de aumentar, a pedido del gobierno de USA, sus cuotas al 5%, Trump, cansado de hacer el papel de gil, parece haber decidido dejar al viejo continente librado a su suerte. Cuando uno mira el mapa y los eventos se descubre alguna lógica territorial en la estrategia. Su empeño en hacer detonar el régimen de Maduro y la promesa de que en los próximos años América Latina se vuelque a hacia los populismos de derecha configuran una nueva geografía de intereses. Dan la sensación de que el “América para los (norte)americanos” vuelve a cobrar sentido después de 250 años.

 

LA ESTRATEGIA DEL TERO

Pero en tiempos de magos, ingenieros y depredadores, lo único certero es la ausencia de certezas. A decir de Giuliano Da Empoli, estos nuevos líderes populistas de la derecha más extrema se manejan en universos comunicacionales disruptivos, donde el caos es la signatura del poder. Lo hemos experimentado en carne propia: si Milei dice que va a cerrar el Banco Central y dolarizar la economía, lo más probable es que no lo haga. Si Trump dice que le impondrá 40% más de aranceles a Brasil, seguramente no lo hará. Y así…

Hoy la geopolítica se maneja como la vida cotidiana. Sin los rigores de formas que exige la diplomacia. Si te quiero retar porque no querés firmar el acuerdo de paz para Ucrania, te reto. Si te quiero dar plata de los contribuyentes para que seas reelecto en tu país, te doy. Y así…

Y todo esto frente a las cámaras del mundo, encogiéndote de hombros como un centennial despechado.

En este marco, es incierto saber si Trump realmente odia a Europa y está dispuesto a entregarla a las voraces fauces de Putin o a último momento soltará la carcajada celebrando su broma junto a J.D. Vance.

¿Cómo saberlo? Es la estrategia del Tero, que grita lejos de sus huevos para confundir a las comadrejas.

Hoy los BMW, los Mercedes, los Porsche, los Ferrari y los Lambos siguen siendo esos coches sofisticados europeos que habitan los sueños húmedos de cualquier estadounidense de bien. Y Toyota sigue siendo el vehículo más vendido del mundo, aunque de a poquito los Chery y los GWM empiezan a ganar la preferencia del público internacional.

Veremos qué marcas de autos transitan por la Florida´s Turnpike en los próximos años para juzgar los resultados de la estrategia de Trump. En definitiva, Make America Great Again no es un slogan político. Ni siquiera un programa de gobierno. Es apenas un mero plan de supervivencia.

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