EL ALGORITMO Y LA ROSCA JUDÍA

Mi abuelo por parte materna era un agrimensor alemán, criado en Croacia. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial (el mismo año en que nació mi madre) fue convocado para alistarse en el ejército alemán como todos sus conciudadanos. Así, de un vecino se transformó en un soldado del ejército de ocupación de su país de acogida.

Lo sé, no porque me lo quisiera contar alguien (de eso no se habla), sino por los lapsus de mi madre, férrea militante de izquierda aún hoy, cuando se le van escapando algunos flashes de su negada infancia, cada vez más cercana en su memoria a medida que se va acercando lentamente a los noventa años.

En alguna velada de vino y recuerdos aleatorios me contó que, cuando Tito llegó al poder, debieron escapar hacia Austria para evitar ser apresados en esas épocas complejas y salvajes (¿cuáles no lo han sido?) de la primera etapa de la post-guerra, y como ella y su pequeño hermano jugaban saltando sobre los colchones y las mantas que llevaban en la parte de atrás de la carreta que los alejaría de Osiek, su ciudad natal, hacia Austria, un país más amigable (aún hoy) para los perdedores de aquella contienda. Una carreta tirada por un caballo y con la parte trasera cubierta por una lona blanca. “Igual que las de las películas del oeste”, decía ella para ubicarme en tiempo y narrativa. Viajaban de noche, amparados por la oscuridad, por caminos secundarios para evitar las patrullas. De día se escondían en el bosque profundo de las bellas montañas del sudeste europeo.

Para una niña de 6 años era un cuento de fantasía, para mí abuelo seguramente no. Pero de eso no se habla. Tampoco de la foto de esa fiesta donde él, vestido de elegante uniforme, brinda con sus colegas debajo de una bandera con una esvástica de notables dimensiones. Ni del rol de su familia esos cuatro años que estuvieron administrado la granja en Graz, combinando cultivo y cría de ganado tanto para ellos como para el pueblo, como forma de alquiler, dando refugio a los exiliados que cruzaban la frontera desde Yugoslavia hacia algún otro lugar del mundo donde no fueran parias, hubieran sido o no colaboracionistas del régimen caído. A esa altura, para ellos, solo había una nueva asignación de los roles de víctimas y victimarios, y ser parte de la primera es mucho más fácil que definirse en el rubro de la segunda.

De los nazis, de los judíos, del Holocausto, de las SS y del rol de “la gente común” durante ese tiempo no se hablaba. Aún no se habla. La culpa, la vergüenza se entretejen en una pesada red de impresiones y derivaciones fantasiosas que impiden cualquier investigación racional posible. El último tiempo europeo sería el indigno periodo en un campo de refugiados en Génova para lograr un pasaje gratis hacia América. Y de eso no dice mucho más que el día que vio por primera vez un hombre negro (en el barco) y comió una banana. El resto se cubre bajo el piadoso manto de olvido que tendió su arribo a la Argentina al final del gobierno de Perón, el devenir caótico de migrantes pobres y una madre que la dejó huérfana a los 14 años.

¿Por qué cuento esto? Para intentar rastrear en mí, lo más lejos posible en mi historia, algún gen de antisemitismo que pudiera constelar. ¿Será entonces el ambiente? Dudo, ya que soy de origen mestizo europeo (madre croata y padre siciliano) y el jardín de infantes lo hice en una escuela rural de la Mina El Aguilar, en la Quebrada de Humahuaca, a 4700 metros de altura, donde se mezclaban sin ninguna diferencia hijos de los mineros de la zona que vivían allí desde hacía varias generaciones y de los ingenieros daneses y yanquis que dirigían la obra y pasarían allí solo unos meses. Además, por ser criado en una familia liberal (en el sentido antiguo de la palabra), solo realice dos rituales católicos: el bautismo y la primera comunión. Esta última creo que fue más bien una forma que encontró mi madre de deshacerse de mi hermana y de mí los sábados por la mañana durante un año, mientras se ocupaba de sus otras dos hijas más pequeñas y de paso intentaba ayudar a la integración social de dos parias que se mudaban de ciudad y/o país cada dos o tres años allí donde el trabajo de mi padre, ingeniero civil, nos llevaba. Éramos nómades obligados, aunque nunca nos costó demasiado hacer amigos, en cada lugar.

Luego de Rosario, Jujuy, Buenos Aires y Asunción, recalamos en Córdoba, al final de la dictadura y el principio de mi adolescencia. Una época donde ser judío no significaba mucho más que pasar los veranos en la pileta del Macabi, tener un apellido plagado de consonantes, militar en el PC y, antes de los 18, poder viajar a Europa con una escala obligada en Israel por muy poca plata.

Con un nombre difícil de pronunciar como el mío y siendo un infantil militante de las alas troskas del PST o sus variaciones anuales, lo que les envidiaba a mis amigos judíos eran las otras dos cosas. Y era, más o menos, lo único por lo que los podía identificar o agrupar, ahora que busco un motivo para reconocerlos como diferentes.

Siguieron pasando los años, los amigos, las novias (un par de la comunidad, noto ahora haciendo el recuento) y nunca el antisemitismo dejó de ser algo que pasó hace años o pasaba en otros lugares como los skinhead y sus esvásticas que se mezclaban en el origen del punk, allá lejos en la Europa que no conocía. La vida y el deseo de conocer me llevó a Europa ya tarde para el punk y en pleno auge de la socialdemocracia y sus gobiernos de ideologías de izquierda con economías de derecha, donde lo más políticamente incorrecto era ser facho, mandando a los skinhead y todos los fascismos a esconderse hasta que soplaran nuevos vientos.

Ya mucho más mayor, buscando algo nuevo que conocer, algo distinto, en medio de la crisis de la mediana edad y con un poco de capital para derrochar, en el año 2017 decidí viajar solo a Jerusalén, en el proceso fui descubriendo la historia de ese espacio donde está enclavada la ciudad. Investigando blogs, leyendo libros y noticias, fui descubriendo que Israel es más que eso que yo sabía por mis amigos que habían viajado en su temprana adolescencia; más que kibuts y ciudades míticas para todas las religiones. También era Palestina. Un lugar que realmente existía más allá de los ataques terroristas, los aviones secuestrados por la OLP en las noticias de mi infancia y unos lindos pañuelos que usaban los compañeros hippies de la universidad. Descubrí que había un conflicto siempre activo y un enorme muro que nada tenía que envidar al de Berlín, que atravesaba por la mitad la ciudad de Belén y todo el territorio. Tenía que verlo.

Así, después del año nuevo del 2018, desembarqué en Jerusalén una ciudad increíble, centro sagrado de las tres religiones monoteístas más poderosas del mundo, llena de estímulos y también militares israelíes patrullando las calles, donde me sentí más paria que en ningún otro lugar del mundo.

Luego visité Belén y desde la ventana de mi hotel veía el gigantesco muro que impedía ver el sol del amanecer, detrás del cual algunos asentamientos israelíes llevaban una vida de country muy vigilado mientras de este lado la pobreza, la calidad, la hospitalidad y la tristeza de los palestinos brotaba por todas partes.

Recorrí Hebrón, una ciudad detenida en el tiempo y el espacio, con barricadas hechas con escombro que separan el sector israelí del árabe, con un templo milenario donde solo una liviana pared de madera separa el sector de la sinagoga del de la mezquita, donde ambas culturas rezan a un metro de distancia, pero a un abismo del encuentro. De camino al Mar Muerto vi pasar en las autopistas controladas por Israel, aunque fuera territorio palestino, las topadoras que avanzaban hacia los campos de campesinos ancestrales para dejar esas plantaciones de olivares convertidos en un lugar igual de muerto que el mar vecino hasta la llegada de los nuevos colonos. Vi los campos de refugiados que, tras décadas de precariedad, ya se han convertido en barrios consolidados, con sus tanques de agua parchados con cinta en los agujeros que los soldados israelíes dejaban en su práctica de tiro desde la parte superior de la muralla, un ejercicio macabro que tenía como objetivo dejar sin agua a las casas y sus habitantes. Vi escombros y casquillos de bala al pie del muro, y también vi hermosos y creativos grafitis de Bansky y muchos más dándole colorido y esperanza a esas tristes paredes. Vi la resignada alegría con la que los palestinos reciben a los pocos turistas que se acercan de ese lado del muro y su suave y dulce idioma al decirte Habibi e invitarte un té. En Jerusalén y Tel Aviv vi un domingo a la tarde a los casi púberes soldados israelíes despidiéndose de padres o novias/novios en la estación de tren de regreso al campamento de entrenamiento. Vi vidas iguales a la de cualquiera, pero distintas a todas las que conocía.

Y volví con mi pañuelo palestino, la mirada cansada y el corazón estrujado con la imposibilidad de entender que un pueblo que había sufrido atrocidades sea también capaz de cometerlas. Y lo archivé en algún lugar de mi mente saturada por los conflictos cotidianos que mi realidad y mi país me ofrecían. Desde ese tiempo, habiéndolo vivido personalmente, me pude identificar como pro palestino, anti-sionista pero nunca antisemita.

Hasta que llegaron el 7 de octubre del 2023 y el algoritmo. Luego del primer shock ante el salvaje ataque a la rave del desierto en la madrugada y ante el estupor de la situación que intuía solo podía empeorar la frágil supervivencia del pueblo palestino, guardé el silencio incómodo que produce en un pacifista el fuego amigo. Hasta que la desmesura de la respuesta de Israel, la exposición permanente a las atrocidades que cometía su ejército, el genocidio en marcha y la doble moral de occidente activaron mi militancia digital.

Comencé a compartir reels sobre los actos más crueles y perversos de los soldados, la xenofobia mesiánica de las autoridades israelitas, la indiferencia del mundo ante la masacre, la manipulación de la información, la desaparición de todos los principios grabados en la Declaración de los Derechos Humanos, el valiente, publicitario y mítico viaje de Greta y La Flotilla con el objetivo, nunca logrado, de romper el bloqueo, la extinción de la empatía y la solidaridad y la definitiva constitución del otro únicamente como enemigo, sin otro rol posible.

Mi timeline se llenó de publicaciones que reforzaban mi visión y quemaban mi corazón. Sin embargo, inocentemente, me creía a salvo del perverso algoritmo que apuntaba a mi espíritu y no a mi razón. Lenta e inconscientemente empecé a mirar con atención los nombres de los directores de películas que veía o periodistas que escuchaba, para encontrar esa sonoridad de consonantes excesivas y terminaciones con “tein” en sus apellidos, para empezar a desconfiar de sus relatos, a mirar las publicaciones de mis amigos para ver de qué lado estaban y así… Hasta que un viernes entré a una panadería vegana de mi barrio y me topé, delante de un atractivo producto, con un cartel que titulaba: “Rosca Judía”, un tipo de pan que habitualmente la comunidad consume en el Sabbat.

Allí mi cerebro estalló. Quería probarla, siempre me gustó la comida judía, esa mezcla de Medio Oriente y Centroeuropa donde la papa y el Borsch conviven con el hummus y las especias. Pero al mismo tiempo empezó crecer en mí la desconfianza con respecto al dueño de la panadería: ¿sería un sionista tratando de expandir su cultura? Seguramente tendría familiares en Israel y un abuelo que sobrevivió al Holocausto. Seguro también negaría el actual genocidio. Un razonamiento, o más bien una emoción, que jamás había tenido cuando compraba pan árabe, porque nunca me imaginaba que había sido elaborado por un terrorista que estaba intentando envenenarme mientras planificaba un atentado.

Fue en ese preciso momento en que me detuve y me di cuenta de que mi mente había sido cooptada por el algoritmo. Ya no estaba actuando racionalmente sino emocionalmente, como todos esos pobres y marginados que votan a sus verdugos, aunque éstos más tarde los destruyan, porque sus discursos saben reforzar sus miedos y multiplicar su odio, dejándolos libres de culpa. Yo, que me jactaba de ser equilibrado, racional, empático y mesurado estaba elucubrando teorías conspirativas ¡a partir de un pan judío! Entonces entendí que nadie está afuera del partido, nadie puede ser objetivo. Que la realidad va construyendo esta red de des/sobre/información inabarcable, todos los días en cada mensaje, en cada omisión, en cada mentira. Que lo único que nos queda no es dudar del otro sino de uno mismo en cada acto, en cada palabra, en cada gesto. Que hay que replegarse, camuflarse y tratar de desertar del mundo digital lo antes que se pueda, para así disfrutar con quien quieras y con gusto de una trenza judía (que por cierto me la llevé) que combina muy bien con baba ganoush, salsa criolla, carnes de cerdo, tofu vegano e inclusive salsa huancaína.

Porque el sabor está en la mezcla y el placer en compartir el pan con otros.

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